Era pequeña pero bellísima. Simulaba un templo griego, son su tejado a dos aguas de tejas impecablemente talladas, sus seis columnas dóricas en los flancos y cuatro en fachada y trasera, todas ellas más claras que la caoba que daba cuerpo a la caja.
Si levantabas el techo, hallabas un receptáculo almohadillado en terciopelo púrpura.
En su interior, un asqueroso debo momificado, sarmentoso y negro de no sé qué maldita santa.
viernes, 11 de febrero de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
Estanques. Reme Rabadán
Había empezado por los pies, mis dedos y mis tobillos estaban tapados de agua, subía despacio a penas sin sentirla, sin temperatura, centímetro a centímetro iba apoderándose de mi cuerpo lenta y pausadamente, pero sin violencia.
El agua se había apoderado de mi habitación, de mis sueños, de mi vida. En pocos minutos estaba viviendo sumergida en el pantanoso fondo de mi particular estanque. Un fondo de lodo y problemas. Sumergida, hundida... sumergida, más hundida.
El agua se había apoderado de mi habitación, de mis sueños, de mi vida. En pocos minutos estaba viviendo sumergida en el pantanoso fondo de mi particular estanque. Un fondo de lodo y problemas. Sumergida, hundida... sumergida, más hundida.
Túnez. Pedro Donoso. Estanques
Las aguas subterráneas se revelaron como ascuas de esperanzas sobre los rostros de la tierra de ébano.
El agua ascendió como la luz huye en la pintura de Monet, allí en forma de mártir.
Ahora es un estanque abierto donde afloran los libros sumergidos y donde la libertad del hombre baña la voz quemada de Mohamed Bovazizi.
El agua ascendió como la luz huye en la pintura de Monet, allí en forma de mártir.
Ahora es un estanque abierto donde afloran los libros sumergidos y donde la libertad del hombre baña la voz quemada de Mohamed Bovazizi.
Jardín. Paco Gálvez. Estanques
Los estanques se comunican, escalonados, por conductos que filtran, sonoramente, lo de arriba.
Son tres. El primero tiene peces, el segundo es limpido y circular, con una estatua-fuente algo cursi que tintinea; El último está poblado de nenúfares y de ranas que añaden discordancias felices. Al sibilar de los pinos que inundan los alrededores, yo me entrego.
Son tres. El primero tiene peces, el segundo es limpido y circular, con una estatua-fuente algo cursi que tintinea; El último está poblado de nenúfares y de ranas que añaden discordancias felices. Al sibilar de los pinos que inundan los alrededores, yo me entrego.
1610 Una furtiva lacrima. Paco Gálvez. Estanques
Amanece. Lloroso, Hakim Sabata contempla, por tal vez postrera vez, los estanques de su huerta.
Mañana le deportan.
Mañana le deportan.
martes, 8 de febrero de 2011
Contoneaban. José Molano
En aquel pequeño pueblo todo estaba escrito, aunque el lugareño más joven pasaba los 63. Nada extraordinario sucedía desde que al Rufino le nació un cordero con cinco patas y de eso hacía más de tres años. Aquel día de agosto, con el sol haciendo su trabajo, nadie presagiaba tan refrescante acontecimiento.
En el bar de la plaza, único del lugar, la partida de tute transcurría con normalidad, hasta que el ladrido de un perro rompe el silencio del exterior, provocado por el motor de un automóvil. Alguien baja y se dirige a la tasca. el simple tintineo de la cortina de cadeneta ya suena a sinfonía. un haz de luz ciega a los absortos parroquianos. Todos quedan petrificados ante tan magnánimo acontecimiento. Sobre unos tacones de aguja y envuelta en un minúsculo vestido , se erige desafiando la gravedad, la hembra más deslumbrante que parió madre. ¡qué conjunto de elementos geométricos forman sus cuerpo, ¡qué arte al contonearse cúan caballo jerezano!!.
Se dirige a la barra, donde ramón, el tabernero tiembla como un flan.
-Por favor un vermut.
La partida queda interrumpida, cosa insólita en el lugar. La joven se gira, y haciendo un guiño, se dirige hacia la mesa con la copa en la mano.
El aire pesa, se detiene junto al viejo barbero, se inclina hacia él y besa su despoblada frente dejando marcado el contorno de sus labios.
-Hola Jacinto, ¿no me conoces?. El pequeño ser queda inmóvil.
-Soy Miguel, el hijo de Simón el aguador.
En el bar de la plaza, único del lugar, la partida de tute transcurría con normalidad, hasta que el ladrido de un perro rompe el silencio del exterior, provocado por el motor de un automóvil. Alguien baja y se dirige a la tasca. el simple tintineo de la cortina de cadeneta ya suena a sinfonía. un haz de luz ciega a los absortos parroquianos. Todos quedan petrificados ante tan magnánimo acontecimiento. Sobre unos tacones de aguja y envuelta en un minúsculo vestido , se erige desafiando la gravedad, la hembra más deslumbrante que parió madre. ¡qué conjunto de elementos geométricos forman sus cuerpo, ¡qué arte al contonearse cúan caballo jerezano!!.
Se dirige a la barra, donde ramón, el tabernero tiembla como un flan.
-Por favor un vermut.
La partida queda interrumpida, cosa insólita en el lugar. La joven se gira, y haciendo un guiño, se dirige hacia la mesa con la copa en la mano.
El aire pesa, se detiene junto al viejo barbero, se inclina hacia él y besa su despoblada frente dejando marcado el contorno de sus labios.
-Hola Jacinto, ¿no me conoces?. El pequeño ser queda inmóvil.
-Soy Miguel, el hijo de Simón el aguador.
Por unas caderas. Contonear. Reme Rabadán.
Era de costumbres fijas, repetía sus horarios rutinariamente. Desde mi local hacía meses que lo observaba ¿eran meses?, había perdido la cuenta. En realidad no había sido muy consciente de ello.
A mi tienda bajaba cada día sobre las 10 y media, me pedía una barra de pan caliente (para sus tostadas, según me explicó una mañana) y tres periódicos, siempre los mismos. Los doblaba y se los llevaba bajo el brazo.
Su elegancia era natural, sencilla; aunque realmente lo que atraía mi atención era el contoneo lento de sus caderas.
Aquella misma tarde había llegado caminando desde la parada del autobús hasta el portal de su casa. Yo andaba colocando unas cajas de fruta en la calle, apoyadas en el cristal del escaparate y sin darme cuenta, me había quedado mirándolo fijamente. Cuando, mientras introducía la llave en la cerradura de la puerta, vi cómo se desvanecía y al caer se daba un golpe terrible en al cabeza; no me dio tiempo a pensar: crucé corriendo la calle apenas comprobando que no circulaba ningún coche, y dulcemente comprobé su estado.
-¡Vaya Juan! ¿qué me ha pasado?, me duele la cabeza-. Dijo, cuando por fin volvió en sí.
-Te has desmayado y te has golpeado en la cabeza con el suelo. ¿puedes levantarte?.
-Creo que sí. Dijo
-Pues ven, déjame llevarte a mi tienda, te preparo algo caliente y desde allí llamo al médico.
-Gracias Juan, te lo agradezco. Me dijo mirándome a los ojos. Estábamos realmente muy cerca
A mi tienda bajaba cada día sobre las 10 y media, me pedía una barra de pan caliente (para sus tostadas, según me explicó una mañana) y tres periódicos, siempre los mismos. Los doblaba y se los llevaba bajo el brazo.
Su elegancia era natural, sencilla; aunque realmente lo que atraía mi atención era el contoneo lento de sus caderas.
Aquella misma tarde había llegado caminando desde la parada del autobús hasta el portal de su casa. Yo andaba colocando unas cajas de fruta en la calle, apoyadas en el cristal del escaparate y sin darme cuenta, me había quedado mirándolo fijamente. Cuando, mientras introducía la llave en la cerradura de la puerta, vi cómo se desvanecía y al caer se daba un golpe terrible en al cabeza; no me dio tiempo a pensar: crucé corriendo la calle apenas comprobando que no circulaba ningún coche, y dulcemente comprobé su estado.
-¡Vaya Juan! ¿qué me ha pasado?, me duele la cabeza-. Dijo, cuando por fin volvió en sí.
-Te has desmayado y te has golpeado en la cabeza con el suelo. ¿puedes levantarte?.
-Creo que sí. Dijo
-Pues ven, déjame llevarte a mi tienda, te preparo algo caliente y desde allí llamo al médico.
-Gracias Juan, te lo agradezco. Me dijo mirándome a los ojos. Estábamos realmente muy cerca
Suscribirse a:
Entradas (Atom)